2 de junio de 2008

¿Y qué más da si estamos solos?

Diario de Yucatán
Por: Carlos Alberto Montaner
Fuente: Firmas Press

El mensaje es claro

Madrid, España.- La discusión se ha posado en los periódicos y en las universidades como la nave “Phoenix” en la superficie de Marte: ¿hay vida en ese sitio inhóspito? Si hay vida, y si la que encuentran es como la de nuestro planeta, aunque sea en forma muy elemental, es posible suponer que también existe en otras partes del universo y puede haber evolucionado de manera parecida a como sucedió en la Tierra. Los teólogos del Vaticano, que finalmente han aceptado a Darwin, ya han advertido que la evolución (a la que a estas alturas es muy difícil oponerse) no niega la existencia de Dios. En esta nueva teología, Dios, sencillamente, desencadenó el proceso. ¿Para qué? Nadie sabe. Ni siquiera los teólogos, personas asombrosas que, como algunos políticos, no conocen la incertidumbre.

Tal vez esa es la pregunta absurda: ¿para qué? Hasta ahora la vida parece ser un raro proceso de oxidación que le sucede a la materia en ciertas condiciones excepcionales. Por razones que no entendemos, algunas moléculas, en circunstancias muy especiales, desencadenan un proceso químico que, a lo largo del tiempo sideral, evoluciona de formas caprichosas hasta convertirse en esponjas, tulipanes o personas, por sólo citar tres criaturas curiosas entre los millones de seres que pueblan nuestro mundo. Nadie sabe, tampoco, si detrás de esa lenta mutación de los seres vivos está el azar o el “diseño inteligente” de una voluntad divina, pero resulta difícil entender qué animó al Creador a diseñar inteligentemente, por ejemplo, los 200 virus que provocan el catarro. Hace millones de años que estos molestos retoños de la evolución nos tienen moqueando. ¿Para qué? Tampoco se sabe.

No todo, sin embargo, es desconocido. La ciencia, por lo menos, cree saber dos cosas que por una punta se complementan y por la otra se adversan. La primera es una vieja observación que nadie discute: la vida, ese proceso de oxidación, siempre está destinada a morir. Se acaba. Pero la materia, de donde viene la vida, como probó Lavoisier en el siglo XVIII, no desaparece, sino se transforma. Se convierte en otra cosa. En energía, por ejemplo, porque masa y energía, como nos enseñaron en la adolescencia, son dos expresiones del mismo fenómeno. O sea, el destino de todo lo que vive es desaparecer, pero el destino de todo lo que no vive es perdurar.

Hay algo un tanto patético en nuestra necesidad psicológica de encontrar vida en el espacio, como si la ocurrencia de este fenómeno tuviera una trascendencia especial, sin advertir que mucho más notable que la aparición de algún rasgo vital en Marte es la mera existencia de esa enorme bola de materia inorgánica, sujeta al misterio de la gravedad, hoy compacta, ayer gaseosa, hoy helada, ayer ardiente, compuesta con el prodigioso misterio de las partículas subatómicas, organizadas en átomos e integradas en moléculas, que viaja y gira ciegamente en el espacio, dentro de un sistema solar que es, a su vez, sólo un rincón diminuto en una galaxia insignificante. Ante ese espectáculo increíble de fuego, velocidad y espacio: ¿qué importancia puede tener que exista o no ese asunto menor, esa pequeña anécdota a la que llamamos vida, destinada, en cualquier caso, a desaparecer? Cuando era un niño de ocho años, mi tío Pepe Jesús me llevó a ver una película que estuvo a punto de provocarme un infarto de la vejiga: “El día que paralizaron la Tierra”. Se trataba de una nave de Marte que aterrizaba en Washington en son de paz, cerca de la Casa Blanca, y a partir de ese punto los americanos se equivocan, como hoy en Iraq, y se arma la de Dios es Cristo.

En aquella época casi todo el mundo estaba seguro de que el universo estaba poblado por seres muy desarrollados y malvados dispuestos a hacernos papilla, todas las semanas aparecía un ovni en México, y no faltaban los secuestrados por naves espaciales, nuestros primeros astronautas, que eran gentilmente devueltos a la Tierra por unos seres pequeñitos y cabezones con vocación de taxistas, tras darles un paseo por las estrellas.

Muchos años más tarde, cuando enseñaba en una universidad en Puerto Rico me enteré de que en Arecibo, una de las ciudades de la isla, funcionaba la más poderosa antena radioastronómica del mundo, febrilmente dedicada a enviar señales a los confines del universo para tratar de hallar una respuesta inteligente que nos confirmara que no estábamos solos en el espacio. Por lo visto, los mensajes nunca fueron respondidos, probablemente porque no había nadie ni nada que pudiera captarlos.

Hasta ahora la lección parece muy clara: estamos solos. ¿Y qué?

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